9 nov. 2008

Esclavos del alfabeto

Una de las crónicas de indias cuenta que un español le entrega una carga de fruta a uno de sus mitayos para que la lleve a casa de un pariente suyo en la ciudad. Junto con la carga le entrega un papel con la contabilidad y la descripción, y le indica que ese papel debe ser entregado para verificar que la carga llegó completa. En los breves descansos del camino, el mitayo tiene hambre y come algo de fruta, pero, previsor, se esconde del papel para que no lo delate. Llegado a su destino, entrega la carga con el papel y el destinatario le reclama que falta algo de fruta y castiga al mitayo. Moraleja: papelitos cantan; hay que someterse a la letra para que no nos delate.

El municipio de La Paz, como otros antes, fue declarado libre de analfabetismo. La publicidad de esa tan paradójica conquista se exhibe en términos definitivamente patéticos por la manipulación que revela la crónica colonial. Una mujer mayor declara que ya nadie la va a engañar. Una víctima más de la confianza en la letra; cautiva cautivada por el papelito.

En nuestro país, saber leer y escribir nunca fue dominar dos herramientas. Siempre supimos que estas habilidades estaban ligadas al ejercicio del poder. En otros países, sin embargo, aún se considera que la importancia de la lectura y la escritura es que permite desarrollar derechos ciudadanos y culturales. ¿Por qué concebir de manera diferente el problema del analfabetismo?; ¿por qué deberíamos saber que leer y escribir no son sólo herramientas de conocimiento sino, también, instrumentos de opresión?

Desde el momento que la cultura oral representada por Atahuallpa fue colonizada por la cultura escrita representada por Pizarro, supimos que leer y escribir son instrumentos de poder y no sólo herramientas de conocimiento. Su apropiación supone un acto de dignidad y no sólo el ejercicio de un derecho. Pero también sabemos por razones que nos enseñó la historia, que aprender a leer y escribir no puede limitarse a aprender el manejo de una herramienta. Son instrumentos para un mejor conocimiento de la realidad; pero también mecanismos que nos liberan de un particular tipo de opresión cultural. Por estas razones su aprendizaje no puede ser sólo mecánico o repetitivo, tiene que ser crítico y creativo. Aprender a leer, entonces, es aprender a comprender por qué sucede lo que sucede y aprender a criticar y transformar esa realidad. No podría, jamás, ser apenas el aprendizaje de una cautiva tarea de decodificación.

Esta argumentación, aun si reconoce y contribuye a relievar el objetivo de ejercicio de derechos y de restablecimiento de la dignidad personal con que se diseñó la campaña de alfabetización, al mismo tiempo plantea una contradicción de fondo de ese diseño. Porque al estar concentrada en el culto a la letra, ha excluido y contribuye a ocultar el carácter intercultural de la educación.

La educación no debería estar diseñada sólo a partir de la letra. Toda la educación boliviana debería estar diseñada a partir de lo que no pudo ser el diálogo de saberes entre Atahuallpa y el cura Valverde, entre las visiones indígenas del mundo y la modernidad occidental; es decir, la educación boliviana debería construir un modelo intercultural de educación. Ignorar que la oralidad era un modo de producción de conocimiento y pretender sólo alfabetizarla es, paradójicamente, hacer de la alfabetización una herramienta más de colonización. No deberíamos seguir repitiendo la condición colonial educativa donde un saber se impone y el otro es despreciado. Tendríamos, cómo no, que inventar una educación intercultural como tendremos que fundar un país intercultural.

* Especialista en educación

guillermomariaca@gmail.com